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06 Jul 2020

Nota

DANNY BOY | Solo Boxeo
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DANNY BOY | Solo Boxeo 

Mi evento 360

Edmundo F. Hernández Vergara

*A la memoria de Daniel López Rivera

Cuando arribé a Tijuana en verano de 1991, Daniel López Rivera era el anunciador estelar de las funciones que se celebraban en la ciudad. Llegué proveniente de La Paz, B.C.S, mi ciudad natal, a la edad de 14 años, etapa de mi vida en la que no existían muchas cosas que me importaran más que la lucha libre y los videojuegos. Mi afición al boxeo germinaba apenas, pero terminaría consolidándose por encima de cualquier gusto de la adolescencia.

Me adapté rápido a la vida de la frontera. Mis padres me buscaron secundaria y terminé mi último año en el centro escolar Agua Caliente, en la Técnica 1 para ser exactos. Más allá de la vida de estudiante, esperaba con ansias los viernes para ir a la lucha libre con mi madre y mis hermanos. El espectáculo siempre estuvo a la altura de la magnitud de la plaza, una de las mejores de México indudablemente. Cada pieza encajaba a la perfección.

No lo olvido: escenario a reventar al filo de la media noche, la lucha estelar empatada a una caída por bando y aparecía entonces el anunciador aportando lo suyo: ¡¡“Va una a unaaaa!! ¡¡Va la buenaaaaaaaaa!!”, cimbraba las raíces de concreto del Auditorio Municipal la emotiva voz de Daniel López, marcando uno de los momentos cumbre de la velada. El graderío era en esos instantes un manicomio incomparable. No se iba nadie.

Apagado el fuego del viernes, los lunes íbamos al box con mi padre y ahí también estaba Daniel, que para mí era el maestro de ceremonias de la lucha libre. Presentaba a cada boxeador con su estilo único, con esa energía contagiosa que solo proyecta aquél que hace su trabajo con pasión. “Ese gordito está cabrón”, escuché en más de una ocasión en la tribuna. Dejaba la lona calientita. López Rivera ponía el alma en la presentación de cada pugilista y la gente lo sabía. Recuerdo, como las más significativas, las de Luis “Bucky” Mora, Miguel “Maikito” Martínez y Luis Ramón “Yory Boy” Campas, pero ninguna se compara con el anuncio estremecedor y espectacular del “Relámpago” Rito Ruvalcaba, un púgil tijuanense que no trascendió a nivel internacional, pero que tenía el privilegio de que Daniel pronunciara su nombre como si se tratara de la máxima leyenda del boxeo mexicano. Por eso, lo más memorable de aquella contienda que sostuvieron en 1997 Campas y Ruvalcaba fue precisamente el anuncio previo al campanazo inicial. Valió el boleto, por encima del nocaut contundente que el “Yori” le propinó al Rito.

Con el tiempo, tuve la oportunidad de incursionar en el mundo del periodismo. Mis primeras entregas fueron de lucha libre y en la marcha me especialicé en boxeo y en futbol. Inevitablemente empecé a tener contacto con algunos personajes que hasta esos momentos había admirado solo a la distancia. Así fue como tuve mi primer acercamiento con López Rivera. Fue en 2001 ó 2002, cuando laboraba para el semanario Zeta. En una época en la que el ciberespacio estaba lejos de su auge, necesitaba un dato, uno de esos detalles finos que le dan valor a un reportaje, y acudí a las instalaciones de la Comisión de Box, presidida en aquel entonces por el Dr. Román Cruz Oláis. Me atendió Daniel antes de la sesión que se llevaba a cabo todos los martes. De un viejo estante tomó un libro enorme. Vestía guayabera blanca y portaba sus gruesas gafas que lo distinguieron hasta el día que se operó la vista. Me pareció un tipo sumamente amigable. Me proporcionó el dato que me urgía, cerró el libro y platicamos brevemente de otras cosas. Le dije que me agradaba su trabajo como anunciador y él agradeció el comentario, pero me dejó entrever que no volvería a asumir ese rol: ya era el comisionado de boxeo de la ciudad. Finalmente, me preguntó por Jesús Blancornelas y mostró interés por el ambiente que había en el periódico tras el atentado que había sufrido el director del semanario a manos del crimen organizado. Me vio joven y con ganas y me sugirió que me cuidara. “Mucho gusto, hasta luego”, nos dijimos y cada uno se fue por su lado a atender sus ocupaciones y sin imaginar que ese encuentro representaría el primer antecedente de una buena amistad.

Posteriormente, la vida me puso enfrente una de esas encrucijadas en las que aprecias un panorama atractivo en cualquiera de los caminos que puedes elegir, y no te da la opción de elegir más de uno. Dudé hasta el último segundo y, finalmente, terminé dejando el periódico y aceptando la invitación de mi amigo Dimas Campos para ocupar el puesto de Secretario Ejecutivo de la Comisión de Box y Lucha Libre de Tijuana. Campos era el presidente y había conformado un equipo sumamente competitivo, en el que Daniel López aparecía como Asesor Técnico. “Se sabe el reglamento de memoria”, solía decir Dimas, orgulloso de haberle otorgado ese cargo al otrora anunciador.

Era marzo de 2005. El presidente, sentado en una de las cabeceras, me asignó un lugar a su izquierda en la mesa de juntas. De frente me quedaron el Arquitecto Leobardo Ibarra, Benjamín Rendón y Daniel López. A mi costado estaban siempre el Ingeniero Eduardo Cervantes, Guillermo Velázquez y Chema Castro, mientras la otra cabecera pertenecía al vicepresidente Felipe Pavlovich. Recuerdo que la primera sesión en la que participé fue una pesadilla para mí. Nadie me explicó con exactitud cuál era mi rol y cometí muchos errores y omisiones. Las miradas eran de comprensión, a excepción de una de ellas que desaprobó en todo momento mi desastrosa intervención. Daniel me descalificaba con los ojos, me veía con desconfianza hasta que no toleró más e intervino para explicarme paso por paso -con el debido permiso del presidente- cuál era el protocolo correcto.

En menos de un mes, terminé dominando todas las actividades que correspondían a mi cargo y la experiencia desagradable de aquella primera sesión quedó en una anécdota sin mucha trascendencia. Con los años y el contacto frecuente, López Rivera, a quien todos en la sala de juntas llamábamos Danny Boy, me tomó confianza y me confesaría que, en un principio, no estaba de acuerdo en que un periodista tuviera un puesto en la Comisión de Box. No me veía con buenos ojos, “pero me di cuenta que eras derecho y que venías a chambear”, me dijo.

Nos hicimos, entonces, buenos compañeros y fue surgiendo paulatinamente camaradería. Trabajamos juntos en infinidad de funciones y ahí, pegados al ring, aprendí realmente de boxeo cuando por soberbia natural del joven creía que ya lo sabía todo. Daniel llegó a confiar en mí ciegamente y delegaba responsabilidades en mi persona cuando le tocaba ser comisionado en turno de los eventos. Tenía cierta predilección por Memo Ayón, “dale la estelar al Profe”, me decía siempre, sin excepción. Fuera de esa indicación me otorgaba la libertad de elegir los jueces y réferis que yo decidiera y me enseñó, junto a Benjamín Rendón, a llenar la hoja de concentrado en donde se acumulan las calificaciones, round tras round, de los tres oficiales que puntean una contienda.

Sus pronósticos en las peleas grandes para mí eran la ley. No recuerdo si alguna vez se equivocó. Seguramente así fue, pero era un deleite escucharlo hablar y exponer sus razones para dar como favorito a un boxeador. Te explicaba prácticamente lo que iba a pasar en una contienda. “A muchos nos gusta el box, pero nadie sabe tanto como el Danny Boy”, decía Dimas. “Usted es un verdadero experto”. Aun así, nos gustaba morirnos con la nuestra. Todavía tengo fresca en la memoria la imagen de su rostro desconcertado cuando todos en la mesa elegimos a Oscar de la Hoya como ganador sobre Floyd Mayweather. “¿De la Hoya le va a ganar al moreno? No, perdónenme, pero no lo va a ver en toda la noche. Nadie le va a ganar a Mayweather nunca.”, nos anticipó.

De esta manera, entre ceremonias de pesaje, juntas y noches de boxeo surgió una amistad de verdad, y conocí al Daniel López admirador de la música de Vicente Fernández y amante de las corridas de toros. Conocí al Daniel López que lo daba todo por alguien a quien apreciaba, un tipo de muy buen corazón, pero que podía encenderse al instante ante algún abuso o injusticia.

No son muchos aquéllos que recuerdan su altercado con el juez internacional Alejandro Rochín, en el Auditorio Municipal. Y son menos los que conocen los motivos de aquel incidente que terminó a los golpes, con el anunciador y el oficial rodando y forcejeando en el suelo de la zona técnica en una función de boxeo. Hubo varias versiones, pero ésta es la verdad: don Octavio Martínez, quien en esos tiempos también se desempeñaba como presentador, tenía muy buena relación con López Rivera. Martínez era dueño de una tienda de discos y casetes, y enterado de los gustos musicales de su amigo tuvo el buen gesto de obsequiarle aquella noche un álbum de Vicente Fernández. Alejandro Rochín, quien observaba de cerca la escena, encaró a don Octavio y le reclamó de manera agresiva -movido quizás por la envidia- por qué nunca había tenido una atención similar hacia su persona. Sin esperar respuesta, Rochín remató sus palabras con una bofetada a Martínez, hombre de buenos modales, religioso y respetuoso, que no respondió la injuria por no corresponder a sus principios. Pero no hizo falta. El atropello contra su amigo enardeció al Danny Boy al extremo de no reparar en ningún momento en las consecuencias y así, sin pensarlo, lanzó toda su humanidad -que es decir bastante- sobre un desconcertado Arquitecto Rochín que no supo ni en qué momento se le vino encima el mundo. “Me castigaron, pero no me arrepiento”, me dijo Daniel alguna vez, sonriente, satisfecho aún, a pesar del tiempo, de lo que había hecho.

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La tarde del miércoles 13 de mayo se comunicó conmigo Dimas Campos. Me dio la mala noticia. El Danny Boy se había ido. Sentí una ráfaga caliente que me partió el pecho y por alguna razón aterrizó en mi mente la imagen de su rostro bonachón, tal vez a unos 15 o 25 metros sobre la Avenida Revolución, en donde nos encontramos sin habernos puesto de acuerdo. Ambos andábamos en busca de un sitio para ver una pelea, en una época en la que no era fácil acceder a las transmisiones. Terminamos tomándonos unas Coronas y platicando de boxeo y de la Comisión en un restaurante frente al Hotel Nelson, en donde vimos cómo se coronó Jarmain Taylor. Será la mejor forma de recordarlo: contento, viendo box en vivo o frente a un televisor, aunque también me agrada encontrar en mi memoria su silueta robusta en el centro del ring y con micrófono en mano, encendiendo la tribuna: “¡¡Va una a unaaaa!! ¡¡Va la buenaaaaaa!!”.

A Daniel le gustaba lo que yo escribía de las peleas. Me decía que mis crónicas y artículos eran muy entretenidos y que siempre se quedaba con el deseo de leer un poco más. Ahora yo no tengo acceso a dónde él está, pero sé que de alguna forma me va a leer y me complacería bastante saber que se quedó con ganas de seguir leyendo, aunque sea un párrafo más, sobre este sincero y humilde tributo para el mejor anunciador que ha tenido Tijuana… Descanse en paz.

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